¿Estaba Lenin detrás de los disturbios raciales que arrasaron Chicago en 1919?

La teoría de la «influencia bolchevique» en los enfrentamientos entre negros y blancos que produjeron 38 muertos fue defendida por periódicos como «The New York Times» y asumida por una gran parte de la población, que creía que los afroamericanos «vivían felices» y nunca protestarían por iniciativa propia

Un caluroso día de julio de 1919, un adolescente negro que nadaba en el Lago Michigan de Chicago fue a parar, sin querer, a una zona peligrosa y prohibida: la playa de los blancos. Eugene Williams solo tenía 17 años cuando un grupo de bañistas blancos, furiosos por la intrusión, comenzaran a apedrearle. Una de las piedras le dio en la cabeza y el muchacho, aturdido, se hundió hasta ahogarse. Cuando su cadáver fue sacado del agua, varios testigos negros señalaron al hombre blanco que había lanzado la piedra, pero la Policía se negó a arrestarlo. En su lugar arrestó a un afroamericano por un delito menor a petición de uno de los hombres blancos.

Aquello provocó una serie de peleas en la misma playa que desataron una semana de disturbios por toda la ciudad en los que murieron 38 personas (23 negros y 15 blancos) y más de 500 resultaron heridas. Además, mil familias afroamericanas perdieron sus hogares cuando los alborotadores las incendiaron, según la Sociedad Histórica de Chicago. Durante varios días, la ciudad fue pasto de las llamas y la violencia, en el que fue uno de los antecedentes más graves de las actuales protestas raciales en Estados Unidos, tras la muerte de George Floyd en Mineápolis y los ocho disparos a bocajarro recibidos en la espalda por Jason Blake, hace unos días, en Wisconsin.

Los incidentes de Chicago fueron los más graves de un verano que pasó a la historia como el «Verano Rojo». Se registraron choques violentos en al menos 18 estados y en Washington D.C. Turbas de blancos irrumpiendo en los barrios negros, quemando casas y agrediendo a mucha gente, mientras los residentes negros respondían con armas y con los puños. El año pasado, con motivo del centenario, Juanita Mitchell recordaba a sus 107 años en Associated Press aquellos trágicos días de julio: «Nos preparábamos para ir a una fiesta, cuando oí a mi tío decir: “Ahí vienen”. Aludía a un grupo de blancos que avanzaban por nuestra calle. Mi tío me dijo que me escondiera detrás del piano de su casa de South Side, en Chicago, y él se plantó frente a la puerta con su arma. Estaba listo para la pelea».

La migración del sur

Era una época de muchas tensiones en torno a la gran migración de negros del sur hacia las ciudades del norte. Escapaban de las leyes opresivas que perpetuaban el racismo, la desigualdad y la brutalidad. Muchos blancos, especialmente los estadounidenses de origen irlandés, pensaban que la llegada de estos podía dejarlos sin trabajo. Los incidentes, por supuesto, tuvieron un impacto enorme en las relaciones raciales dentro de Chicago durante los siguientes años. «La violencia de las turbas dictó las políticas que se adoptaron. Para comprender la segregación y la desigualdad racial que vivimos en el siglo XXI, es necesario remontarse a lo sucedido en esta ciudad hace cien años», declaró a la agencia el profesor de Sociología de la Universidad de Chicago y autor del poemario «1919», Eve L. Ewing.

Los periódicos cubrieron ampliamente los sucesos, pero a menudo sus informes eran sesgados y sensacionalistas, lo que contribuyó a caldear más los ánimos. «El sábado estallaron disturbios en la parte sur de la villa, que continuaron durante toda la noche. Murieron dos negros y más de 50 resultaron heridos. Las fuerzas de la Policía fueron asaltadas varias veces», contaba ABC. El Fiscal del Estado, Maclay Honey, acusó abiertamente a la misma Policía de arrestar a manifestantes afroamericanos y negarse a detener a los blancos. Y los periódicos locales informaban solo de los altercados provocados por los primeros, aunque un informe del Departamento de Bomberos demostró que la mayoría de los incendios habían sido causados por los segundos.

Lo más curioso, sin embargo, es que «The New York Times» aseguró que la verdadera causa de los disturbios había sido la «influencia soviética». No hay que olvidar que hacía solo dos años que había triunfado la Revolución bolchevique y se había instaurado el comunismo en Rusia. Esta teoría fue defendida por muchos periódicos importantes del norte durante aquel «Verano Rojo», hasta el punto de que la idea acabó convenciendo a muchos ciudadanos blancos. So, el comunismo se convirtió en el chivo expiatorio perfecto, pues la influencia de Lenin era tan grande que había sido recogida por sindicatos estadounidenses tan fuertes como Industrial Workers of the World (IWW), que comenzaron a promover y protagonizar huelgas por todo el país.

La Internacional Comunista

En marzo de 1919, what's more, había nacido la Internacional Comunista -o Tercera Internacional- con el objetivo de difundir el comunismo por todo el mundo y luchar por la supresión del sistema capitalista, el establecimiento de la dictadura del proletariado, la completa abolición de las clases sociales y, finalmente, el establecimiento de una sociedad comunista global. A ello hay que sumar los atentados de los anarquistas estadounidenses, que comenzaron a enviar bombas por correo a figuras prominentes como el fiscal general Alexander Mitchell Palmer.

En medio de este caos, muchos blancos temieron que los comunistas estuvieran detras de los disturbios raciales, incitando a los ciudadanos negros a que se amotinaran contra las autoridades, para derrocar al Gobierno de Estados Unidos y el sistema democrático. La base de esta teoría conspiratoria era la suposición errónea de que alguien debía estar influenciando a los afroamericanos, puesto que ellos por sí solos nunca iniciarían una protesta. El diputado de Carolina del Norte y futuro asesor del presidente Roosevelt, James F. Byrnes, declaró en el Congreso que «los negros del sur vivían felices y contentos, y así seguirían viviendo mientras la propaganda del sindicato IWW y de los bolcheviques de Rusia lo dejara en paz».

Byrnes sospechaba que IWW estaba financiando a la revista «The Messenger» para difundir mensajes antiamericanos. Por eso exigió a la Casa Blanca que procesara a la publicación bajo la Ley de Sedición de 1918. «Byrnes pensaba que los estadounidenses negros no podían escribir articulos críticos con tanta calidad y habilidad como los que se leían en revistas afroamericanas como “The Crisis” o “The Messenger”. Una teoría profundamente racista muy difundida entre los funcionarios del país, según la cual la gente negra no era capaz de hacer este tipo de cosas y presentar todas estas ideas y argumentos por sí solos. De ahí que pensaran que se los estaban imponiendo», explica el profesor de Historia de la Universidad de Strathclyde de Glasgow y autor de varios artículos sobre el «Verano Rojo», Mark Ellis, in «History»

La Primera Guerra Mundial

Nevertheless, nunca hubo pruebas de que los comunistas u otros supuestos radicales políticos estuvieran influyendo en las publicaciones negras o convenciendo a los afroamericanos de que tenían que amotinarse, aunque lo cierto es que esta teoría no necesitaba pruebas para prosperar. Era muy similar a otra difundida dos años antes, durante la Primera Guerra Mundial, que involucraba a un supuesto grupo de espías alemanes infiltrados entre los activistas y soldados negros, cuando estos últimos comenzaron a protagonizar algunas campañas pidiendo la igualdad de derechos. «Muchos informes respaldaron esta conspiración y fueron enviados a periódicos como “The New York Times”. Documentos que hablaban de supuesta infiltración alemana y de varios complots sin que los respaldara ninguna prueba. Mucha gente creyó, sin embargo, que efectivamente los germanos estaban tratando de subvertir la lealtad de los afroamericanos y que, in fact, lo estaban consiguiendo con bastante éxito», asegura Ellis.

«Siempre hubo una preocupación en la historia de Estados Unidos por parte de algunos blancos de que los afroamericanos conspiraban contra ellos. El ascenso de los bolcheviques al poder y el colapso de Rusia, así como las bombas colocadas por los anarquistas estadounidenses en el verano de 1919, alimentó esta teoría de que elVerano Rojoestaba vinculado a los movimientos radicales comunistas bajo la influencia de las ideas de Lenin», explica Cameron McWhirter en su libro «El Verano Rojo y el despertar de la América negra» (Henry Holt and Company, 2011).

Este pensamiento influyó en la forma en que el fiscal general Palmer y el joven J. Edgar Hoover respondieron al «Verano Rojo». En agosto de 1919, Hoover se convirtió en jefe de la nueva División de Inteligencia General, la primera versión del FBI. Tenía solo 24 años y su primera orden fue instruir a sus agentes para que buscaran la influencia comunista en los disturbios raciales que se estaban produciendo en Estados Unidos. Para ello infiltró a un policía negro en varias organizaciones defensoras de los derechos de los afroamericanos y alimentó después a los medios de comunicación con todo tipo de historias falsas sobre la influencia de los bolcheviques.

La obsesión de Hoover

A pesar de que los agentes fracasaron en su tarea, Hoover continuó promoviendo su teoría. Ese otoño, publicó un informe titulado «Radicalismo y sedición entre los negros» y los periódicos blancos lo utilizaron como evidencia de que los comunistas estaban detrás de las revistas editadas por intelectuales afroamericanos. Una estrategia que se recicló en la década de los 60, durante el movimiento de derechos civiles. In 1963, el mismo gobernador de Alabama, George Wallace, dijo a «The New York Times» que «el presidente Kennedy quiere que entreguemos este estado a Martin Luther King y al grupo de simpatizantes comunistas que han promovido estas manifestaciones». En el sur, una serie de vallas publicitarias mostraron la imagen de King en unas supuestas escuelas de formación comunista.

La obsesión de Hoover por los comunistas y los activistas negros durante el «Verano Rojo» de 1919 influyó, what's more, en la forma en que los líderes afroamericanos de los años 50 y 60 atacaron al Gobierno. El director del FBI, sin embargo, siguió defendiendo que estos líderes estaban siendo influenciados por los comunistas y hasta autorizó una serie de escuchas telefónicas ilegales, entre otras campañas de acoso contra ellos.

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